Programa Mixto Formación y Empleo

Convento de las Franciscanas Descalzas

Un poco de historia

Fachada de la entrada de la Capilla de las Franciscanas Descalzas

Doña Catalina Enríquez, hija del primer marqués de Cerralbo en colaboración con Inés Pacheco y Silva (dama de la oligarquía mirobrigense y que aportó la casa que tenía junto a la antigua iglesia de San Isidoro), lo fundó en 1605.
El papa Paulo V en 1608 le cedió la iglesia de San Isidoro, que estuvo en lo que hoy es Plaza del Conde; pero era inseguro porque estaba al lado de la muralla, incómodo ya que no tenía huerto, lo que en un convento de clausura era importante. Esa situación provocó que las monjas, ni cortas ni perezosas, invadieran el vecino Palacio de los Castro, con lo que se produjo la primera guerra de las paredes.
Una vez más a pesar de la sentencia en contrario dada en Roma, las monjas volvieron a allanar el palacio vecino, ante lo que el obispo ordenó que las sacasen con algo de violencia. En 1707 se instalan en lo que permanecía en pie del viejo palacio de los Pacheco,( hoy es Plaza de Béjar o del Buen Alcalde). Después, pasado el problema bélico, volvieron a su convento, pero, dada la experiencia de la Guerra de Sucesión, se vió la necesidad de ensanchar la muralla para lo que era necesario ocupar parte del convento. El 27 de febrero de 1709 las monjas se trasladaron a las habitaciones de la Capilla de Cerralbo, lo que no dejó de provocar serios conflictos con los capellanes.
Finalmente, en 1739 se trasladaron a su convento definitivo, construido gracias al mecenazgo del obispo fray Gregorio Téllez en el antiguo Campo del Trigo. En su solar existió en el siglo XIV el palacio de los prelados mirobrigenses y después un cuartel.

Un poco de Patrimonio

El nuevo convento ocupa un amplio solar irregular que da a tres calles; todo el edificio es de sillería, pero a pesar de la fecha de su construcción no se mal gastaron los caudales en su decoración, que se concentró sólo en la portada de la iglesia. Ni siquiera el claustro principal tiene arquerías, sólo existe una pequeña galería arquitrabada en lo alto de una de las crujías, en la que está en contacto con la iglesia.

Las solerías alternan enchinarrado vulgar y ladrillo y las techumbres se resolvieron con sencillas armaduras holladeras. Además de los adornos exteriores también se utilizó la piedra para los recercos de las puertas interiores y hornacinas, a modo de alacenas de las celdas, los dos pisos entran en comunicación a través de una escalera de piedra que arranca bajo arco semicircular en el ala de poniente. Existe además otro pequeño patio hacia naciente.

La iglesia se eleva en la fachada principal; es de planta de cajón con tres tramos más el de la tribuna, cerrado con rejas. Las bóvedas son de medio cañón con lunetos y en los muros de la nave-como es frecuente en templos conventuales- se abrieron arcos para cobijar retablos, trasladados en los años cincuenta a la iglesia del Seminario. Destaca sólo su portada con arco adintelado, recorrida por un quebrado bocelón. Lateralmente cierran la puerta columnas rematadas con adornos apiramidados. En el eje aparece el escudo de Castilla-León sobre la placa recortada y una representación entre adornos de considerable bulto del Corazón de Jesús, devoción que se estaba poniendo por aquél entonces, así se afirma en la ciudad que constituye una de sus primeras muestras plásticas.
Dadas las soluciones formales, la época en que se construyó el edificio y el promotor es probable y así lo creemos que todo sea obra de Manuel de Larra Churriguera que poco antes había construido para el mismo obispo Téllez la capilla catedralicia de los Dolores.
Como otros muchos, el convento fue suprimido y convertido en cárcel; primero sólo la iglesia en 1820 y después todo él, según proyecto firmado por José Secall que, en 1870, afirma en su memoria que había sido cedido recientemente por el Gobierno supremo de la Nación para cárcel del partido judicial de Ciudad Rodrigo y que dicho cenobio reúne excelentes condiciones, que explica diciendo la posibilidad de habilitar zonas independientes para las diversas clases de presos, la existencia de patios, sólidos muros de sillería y mampostería, etc, pero él mismo reconoce que esta cárcel no puede presentarse como modelo de los últimos adelantos. El-como no podía ser de otra manera- es consciente de que está reutilizando un edificio conventual, no proyectando de nueva planta uno carcelario, por lo tanto, está determinado por toda una serie de pies forzados, pero no obstante afirma que la nueva cárcel podrá acoger con comodidad una población reclusa de 93 personas. También parte del edificio se destinaba a juzgados que han estado en funcionamiento allí hasta hace bien poco tiempo.
Las obras de la readaptación del convento a la cárcel y de la intervención de Secall, que se presupuestó – un buen capítulo lo constituían rejas, puertas y solerías- en 4.987 escudos. La recepción de las obras la firmó el arquitecto en 1872, con lo que hay que pensar que en ese año la prisión entraría en funcionamiento.

Detalle del escudo de Manuel de Larra Churriguera
Detalle de las verjas de la ventanas.