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Convento de San Francisco

Patio interior del Convento San Francisco
Patio interior del Convento San Francisco

La fundación de este convento data a partir de la estancia de San Francisco de Asís durante 1214 en la antigua ermita de San Gil existente en Ciudad Rodrigo. Sea como fueren sus inicios, el hecho cierto es que todo se fue renovando poco a poco y se convirtió en el convento más importante de la ciudad y en uno de los mejores de su provincia eclesiástica.

Toda la capilla es obra renacentista de Pedro de Ibarra, que la construyó entre 1558 y 1560 según noticias publicadas, pero que no deben de ser del todo ciertas, pues en el contrato firmado por Juni para el Calvario en 1556, se dice que se está haciendo esa capilla ya en ese año.

Parece que la primera idea del obispo mirobrigense en aquella época, fue enterrarse en la capilla mayor de la catedral, a cuya construcción había aportado dinero, pero las gestiones, no fructificaron en 1549. Después, según documentación publicada por Hernández Vegas, quiso sepultarse en la iglesia del Hospital, lo que impidió su alcalde, Juan Pacheco Osorio, del bando nobiliario contrario. 

Estas gestiones se produjeron al menos en abril de 1560, lo que no deja de entrar en contradicción con el hecho de que la construcción de su capilla en el convento de San Francisco se hubiera iniciado en 1556; tal vez es que la capilla franciscana en origen no fuera pensada como funeraria.

Antigua fotografía de las cercanías del Convento San Francisco
Antigua fotografía de las cercanías del Convento San Francisco

Antonio del Águila no se limitó a patrocinar esta obra, sino que también pagó la portería del convento, que luego se convirtió en librería, enriquecida con otros legados provenientes de frailes franciscanos. Debió de existir otra sacristía más moderna, ya que se afirma que fue hecha por Balbás en 1631.

Todavía cabe decir algo más de este convento, tomando como referencia un manuscrito encontrado, que de una manera nada coherente, informa de la existencia de otras dependencias, como el claustro bajo y el alto, donde existió una pintura mural de la Virgen cuyo marco tallado hizo Pedro de Rivera. El claustro bajo se adornó con cuadros de santos de la orden en los años de 1694 y 1695.

 

El convento también custodiaba una serie de retablos e imágenes de cuyo interés artístico es imposible juzgar, y con ello cabe señalar otra obra esculpida nada menos que por Gregorio Fernández, una Inmaculada que se comenzaba a pagar en 1629 y cuyo coste ascendió a 1200 reales. Desgraciadamente nada se sabe sobre su paradero. Como tampoco se sabe nada de las alhajas y piezas de marfil que tuvieron un cristo y otras esculturas.

De este convento, arruinado durante la Guerra de la Independencia en la que jugó un importante papel, pasó a la casa de los Águila, donde lo descubrió Gómez Moreno y lo demás ya es actualidad bien reciente, pues en 1998 ha sido vendido al Ministerio de Educación y Cultura, que lo ha adscrito al Museo Nacional de Escultura de Valladolid.